jueves, 15 de agosto de 2013

Apuntes | Periodismo, según el editor de The New Yorker

¿Es este aún el mejor oficio del mundo, como lo definió García Márquez? Para mí lo es. Yo vengo de una ciudad pequeña y para un chico como yo representaba la posibilidad de un billete con el que viajar al gran mundo y hacer preguntas groseras sobre asuntos como política internacional. Es divertido. Claro que García Márquez acabó por abandonarlo.
¿Cuál es el secreto de una buena pregunta? Que sea inesperada. Se trata de sacar a los personajes de sus casillas, de lo que se espera de ellos. Una entrevista nunca se puede convertir en un peloteo de pimpón. Hay que mandar una bola de vez en cuando a la esquina, adonde le cueste trabajo a tu oponente devolverla. En eso, la maestra era Orianna Fallacci.
¿Y cómo se siente uno al otro lado de la grabadora? Incómodo. Sé lo que hago cuando estoy en su lugar, no cuando me siento en este. Cada cual tiene sus métodos. Había un periodista de The New York Times, llamado A. J. Liebling, que se limitaba a ponerse frente a su interlocutor y no decía nada, simplemente le miraba fijamente. Un tipo que conocí en Gaza conducía las entrevistas como si fueran horrendas discusiones. Lo que en ningún caso es aceptable es la conferencia de prensa. Es el teatro de lo irrelevante.
¿Qué consejo daría a un joven periodista que no aceptase el cabal de dedicarse a otra cosa? Que sea comprensivo. Y se interese en la gente. No hay que ir con ideas preconcebidas. A veces me entrevistan y lo único que veo que me preguntan es lo que han leído en los dossiers de prensa, es como si quisieran que les dijera algo que ya saben, solo que un poco cambiado. Cuando empecé en esto me encantó saber lo sorprendente que puede llegar a ser la gente. Sobre todo los grandes hombres...
¿Por ejemplo? Todos. Gorbachov, Yeltsin, Lady Gaga... Son personas, si los encuentras en el momento adecuado y con la actitud correcta, los puedes desenmascarar, y eso es maravilloso. Le contaré una anécdota. Gorbachov tenía un rival temible: Ligachev. Todos los corresponsales de Moscú lo veíamos así, "el segundo hombre más poderoso de la URSS". Una vez le pedí una entrevista y me dijo que se pasaría por mi oficina. Yo le dije, no se preocupe, ya me acerco yo. E insistió. Y apareció este tipo con el pelo gris, un traje raído y un maletín. Me dijo que había olvidado algo en casa, que si no me importaba acompañarlo. Lo hice, y cuando subió a su apartamento olvidó el maletín en el coche. Lo cogí y lo sacudí. Estaba vació. Lo usaba como una herramienta de defensa. Era un tipo extremadamente normal. El periodismo te da una idea de lo normal y vacío que puede ser el poder.
David Remnick 'Una buena pregunta es la que resulta inesperada', Diario El País, 26/09/2010